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Un fármaco revierte en cuestión de horas los cambios cerebrales similares al autismo

Un fármaco revierte en cuestión de horas los cambios cerebrales similares al autismo

Si bien todavía no es un tratamiento para el autismo, sí cuestiona una idea que la neurociencia llevaba décadas dando por cierta.


Durante mucho tiempo, los neurocientíficos pensaron que el cerebro era como una casa: una vez terminada su construcción durante el desarrollo embrionario y la infancia, apenas era posible modificar su estructura. Hoy sabemos que esa idea era incompleta. El cerebro adulto conserva una notable capacidad para aprender, reorganizar conexiones y adaptarse a nuevas circunstancias. Sin embargo, existía otra frontera que parecía mucho más difícil de cruzar: las alteraciones del neurodesarrollo.

Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y publicado en Nature Communications sugiere que esa frontera podría no ser tan rígida como se pensaba. Trabajando con ratones, el equipo, liderado por Janel Le Belle, comprobó que una única dosis de rapamicina, un medicamento utilizado actualmente como inmunosupresor, fue capaz de restaurar durante unas horas parte del funcionamiento cerebral y mejorar varios comportamientos asociados al trastorno del espectro autista (TEA).
Igual de rápido el estudio es el primero en advertir que la rapamicina no constituye un tratamiento para el autismo. Sus efectos desaparecen con rapidez, el fármaco presenta una toxicidad importante cuando se administra de forma continuada y todo el trabajo se ha realizado exclusivamente en animales. Sin embargo, los resultados apuntan hacia algo quizá más importante: el cerebro adulto podría conservar una capacidad de reorganización funcional mucho mayor de la que imaginábamos.

Antes de comprender el alcance del estudio conviene detenerse en una idea fundamental. Aunque solemos hablar de "el autismo", en realidad los especialistas prefieren utilizar el término trastorno del espectro autista, porque engloba una enorme diversidad de situaciones.
Hay personas que necesitan apoyo constante durante toda su vida y otras completamente independientes. Algunas presentan discapacidad intelectual, mientras que otras poseen capacidades cognitivas muy superiores a la media. Algunas apenas desarrollan lenguaje oral y otras trabajan como científicos, ingenieros o artistas. Lo que comparten son diferencias en la forma en que el cerebro procesa la comunicación social, la información sensorial y determinados patrones de comportamiento. Muchas personas con TEA experimentan además una sensibilidad especialmente intensa frente a sonidos, luces, olores o texturas, un aspecto que continúa siendo uno de los síntomas más difíciles de tratar.
Por ello, hablar de “curar el autismo” resulta una simplificación que no refleja la enorme complejidad biológica del espectro. Desde hace años distintos estudios epidemiológicos han observado que algunos procesos inflamatorios importantes durante el embarazo pueden aumentar ligeramente la probabilidad de alteraciones del neurodesarrollo en los hijos. Eso no significa que una infección provoque autismo ni mucho menos que exista una causa única. Hoy se considera que el TEA surge de la interacción entre cientos de variantes genéticas y múltiples factores ambientales que actúan durante el desarrollo del cerebro.

Para estudiar uno de esos factores, el equipo de Le Belle provocó una inflamación muy leve en ratonas gestantes. La dosis fue tan baja que apenas enfermó a las madres, pero bastó para que las crías desarrollaran posteriormente alteraciones que recuerdan a algunos rasgos del autismo: hipersensibilidad sensorial, conductas repetitivas, mayor predisposición a sufrir convulsiones, crecimiento cerebral ligeramente aumentado y una comunicación anómala entre distintas regiones del cerebro.
La gran sorpresa llegó cuando los investigadores administraron una única dosis de rapamicina a esos animales ya adultos. En aproximadamente dos horas observaron mejoras prácticamente en todos los parámetros analizados.

Las neuronas redujeron su actividad excesiva. La predisposición a sufrir crisis epilépticas disminuyó. Las redes cerebrales comenzaron a comunicarse de una forma mucho más organizada. Los comportamientos repetitivos disminuyeron y también lo hizo la hipersensibilidad frente a estímulos cotidianos. Lo más llamativo no fue la mejoría en sí, sino la rapidez con la que apareció. Dos horas no son suficientes para reconstruir físicamente un cerebro. Las conexiones neuronales tardan días o incluso semanas en reorganizarse. Por tanto, la explicación debía encontrarse en otro lugar.

El estudio propone una idea que podría cambiar la forma de entender algunos trastornos del neurodesarrollo. Hasta ahora buena parte de la investigación buscaba corregir alteraciones estructurales del cerebro. Sin embargo, este trabajo sugiere que quizá sea posible mejorar algunos síntomas actuando sobre el funcionamiento de los circuitos neuronales, incluso cuando la arquitectura cerebral permanece prácticamente igual.
Es como un piano desafinado. El estudio no cambió las teclas ni reconstruyó el instrumento. Durante unas horas consiguió que volviera a sonar de forma mucho más armónica. Según explica Harley Kornblum, director del Centro de Investigación sobre Discapacidad Intelectual y del Desarrollo de UCLA y autor principal del trabajo, el grado de normalización funcional observado "sugiere que el cerebro adulto podría ser mucho más adaptable de lo que suponíamos".

Gran parte de los resultados parecen depender de una proteína conocida como mTOR, uno de los principales reguladores del crecimiento y del metabolismo celular. Cuando esta vía permanece excesivamente activa, las neuronas pueden volverse demasiado excitables y alterar la comunicación entre distintas regiones cerebrales.

La rapamicina actúa precisamente reduciendo esa actividad. Sin embargo, Le Belle cree que el verdadero objetivo no será utilizar este medicamento, sino desarrollar nuevos tratamientos capaces de modular esas mismas redes neuronales sin los importantes efectos secundarios que presenta la rapamicina. Los análisis genéticos realizados durante el estudio reforzaron esa idea. Tras el tratamiento, numerosos genes relacionados con el autismo, la epilepsia y el funcionamiento de los canales iónicos recuperaron niveles de actividad mucho más próximos a los normales, especialmente en las neuronas excitadoras.
El estudio insiste en que todavía estamos muy lejos de trasladar estos resultados a las personas. El tratamiento pierde eficacia cuando se administra repetidamente, puede producir efectos tóxicos y únicamente ha demostrado funcionar en un modelo experimental con ratones. Pero, precisamente por eso, consideran que el descubrimiento más importante no es la rapamicina. Es haber demostrado que incluso un cerebro adulto que se desarrolló de forma diferente podría conservar una sorprendente capacidad para reorganizar temporalmente sus circuitos.

“Estos resultados replantean la forma en que podrían tratarse los síntomas asociados al autismo – concluye Le Belle -. Si el cerebro adulto conserva la capacidad de normalización funcional, entonces algunas características del autismo podrían abordarse con éxito sin necesidad de corregir las diferencias estructurales subyacentes”.

 

Fuente larazon.es