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Las mismas bacterias que fermentan un yogur podrían ayudar con la depresión
Un nuevo estudio explora la conexión entre el intestino y la depresión y el uso de probióticos en salud mental.
Durante siglos se pensó que las emociones residían exclusivamente en el cerebro. La tristeza, la alegría, la ansiedad o la esperanza parecían fenómenos confinados al interior del cráneo. Sin embargo, en los últimos años los científicos han comenzado a descubrir que existe otro órgano sorprendentemente implicado en nuestra salud mental: el intestino.
No se trata de una metáfora. El aparato digestivo alberga billones de bacterias, hongos y otros microorganismos que forman el denominado microbioma intestinal, un ecosistema tan complejo que algunos investigadores lo describen como un segundo cerebro. Y cada vez existen más indicios de que este mundo microscópico puede influir en el funcionamiento del cerebro.
Un nuevo ensayo clínico, publicado en Journal of the American Geriatrics Society y realizado en India (el mayor consumidor de leche del planeta) aporta ahora una nueva pieza a este rompecabezas. Los autores, liderados por Saibal Das, estudiaron a 58 personas mayores de 60 años con depresión moderada. Todos los participantes continuaron recibiendo su tratamiento antidepresivo habitual, pero la mitad recibió además un suplemento probiótico diario durante doce semanas, mientras que la otra mitad recibió un placebo.
Las conclusiones señalan que quienes recibieron probióticos (en particular Lactobacillus helveticus y Bifidobacterium longum, ambos presentes en la mayoría de los yogures) experimentaron una reducción modesta pero significativa de los síntomas depresivos y de ansiedad en comparación con el grupo placebo.
“Los resultados de nuestro estudio son novedosos y ahora estamos planificando un ensayo clínico más amplio debido a estos hallazgos alentadores”, explica Das, del Consejo Indio de Investigación Médica.
La idea puede parecer extraña a primera vista. ¿Cómo puede una bacteria alojada en el intestino influir en algo tan complejo como el estado de ánimo? La respuesta se encuentra en lo que los científicos denominan el eje intestino-cerebro, una red de comunicación bidireccional que conecta ambos órganos. El intestino contiene cientos de millones de neuronas, produce numerosas moléculas químicas relacionadas con la actividad cerebral y mantiene una comunicación constante con el sistema nervioso a través del nervio vago, una especie de autopista biológica que conecta el abdomen con el cerebro.
Además, muchas bacterias intestinales participan en la producción o regulación de sustancias relacionadas con el bienestar psicológico, como la serotonina, la dopamina o diversos compuestos inflamatorios. En los últimos años varios estudios han observado que las personas con depresión suelen presentar alteraciones en la composición de su microbioma intestinal. La gran pregunta es si modificar esas comunidades microbianas podría ayudar a mejorar algunos síntomas.
El equipo de Das no se limitó a evaluar cuestionarios psicológicos. También analizaron muestras fecales para estudiar los cambios en la microbiota intestinal y midieron los niveles sanguíneos de una proteína llamada BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), una molécula fundamental para la supervivencia y el crecimiento de las neuronas. El BDNF suele describirse como una suerte de fertilizante cerebral. Ayuda a las neuronas a formar nuevas conexiones y participa en procesos relacionados con el aprendizaje, la memoria y la regulación emocional. Diversos estudios han encontrado niveles reducidos de esta proteína en personas con depresión.
Aunque los resultados fueron prometedores, los autores señalan que el beneficio observado fue relativamente moderado y que no se detectaron mejoras claras en la calidad de vida general de los participantes. Los probióticos no sustituyeron a los antidepresivos ni eliminaron la depresión. De hecho, ambos grupos mostraron mejoras importantes a lo largo del seguimiento, algo esperable porque todos los participantes continuaron recibiendo atención médica convencional.
El equipo de Das no se limitó a evaluar cuestionarios psicológicos. También analizaron muestras fecales para estudiar los cambios en la microbiota intestinal y midieron los niveles sanguíneos de una proteína llamada BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), una molécula fundamental para la supervivencia y el crecimiento de las neuronas. El BDNF suele describirse como una suerte de fertilizante cerebral. Ayuda a las neuronas a formar nuevas conexiones y participa en procesos relacionados con el aprendizaje, la memoria y la regulación emocional. Diversos estudios han encontrado niveles reducidos de esta proteína en personas con depresión.
Aunque los resultados fueron prometedores, los autores señalan que el beneficio observado fue relativamente moderado y que no se detectaron mejoras claras en la calidad de vida general de los participantes. Los probióticos no sustituyeron a los antidepresivos ni eliminaron la depresión. De hecho, ambos grupos mostraron mejoras importantes a lo largo del seguimiento, algo esperable porque todos los participantes continuaron recibiendo atención médica convencional.
De este modo, el equipo de Das considera que los probióticos podrían convertirse en una herramienta complementaria dentro de un tratamiento más amplio, pero insisten en que se necesitan estudios de mayor tamaño para confirmar los resultados. “La visión es desarrollar soluciones sanitarias asequibles y ponerlas a disposición de una población más amplia para generar un impacto significativo en la salud pública”, añade el coautor Abhinaba Ghosh.
Hace apenas dos décadas, la idea de que las bacterias intestinales pudieran influir en el estado de ánimo habría parecido una hipótesis marginal. Hoy constituye uno de los campos más dinámicos de la medicina moderna. Los científicos ya investigan la posible relación del microbioma con enfermedades como el párkinson, el alzhéimer, la ansiedad, el autismo o la esclerosis múltiple. Cada nuevo estudio parece reforzar una misma idea: el cerebro no funciona aislado del resto del organismo.
Por ahora, el equipo de Das tiene como objetivo ampliar el número de voluntarios y el catálogo de probióticos para descubrir diferentes efectos, pero el mensaje empieza a estar claro: cuando pensamos en la salud mental, quizá debamos mirar no solo hacia la cabeza, sino también hacia el intestino.
Fuente larazon.es